
Se llamaba Néstor, no importa el apellido. Digo se llamaba porque no lo vi nunca más. Pero nunca olvidé la historia que voy a contar, que es pequeñita pero que marca a fuego nuestra vida. Tuve la suerte de comenzar la escuela secundaria en un buen colegio de la zona sur del Gran Buenos Aires, a pesar de que yo venía de los medios fondos, y el protagonista de esta historia, directamente de los bajos fondos. Ambos éramos humildes, y en un colegio ubicado en pleno centro de esa ciudad grande en la que vivíamos, más bien nos fuimos acercando por nuestra condición social. Ambos nos asombrábamos cuando íbamos a estudiar a la casa de algún amigo e ingresábamos en una mansión de dos plantas con escalera de madera y dos o tres baños. Para nosotros eso era ser rico. Después aprendí que así viven los profesionales de clase media. Pero eso no importa. Lo que quiero contar es que Néstor, a diferencia mía, era un gran peleador. Seguramente, allá en su humilde barrio, tuvo que abrise camino a las piñas. Tan humilde era Néstor que caminaba mirando siempre el piso, con los ojos bien abiertos. Un día le pregunté por qué. Y me dijo que en el suelo siempre se encuentran cosas, y que por eso él caminaba no mirando hacia abajo sino directamente buscando algo. Y era cierto, por lo menos dos veces caminando conmigo encontró plata. Néstor era bueno peleando pero no le gustaba mucho pelear, sólo lo hacía, digamos, por "necesidad". Como sabemos, en el secundario las peleas no se arman entre dos personas, sino que son los demás, especies de "padrinos" que van con el lleve y traiga para calentar a los contendientes. Y a Néstor le inventaron una pelea con Ernesto. Ambos eran mis amigos, pero bueno, la pelea estaba armada y allí fuimos, a la plaza, a rodearlos a los dos mientras se cagaban a bollos. Ver pelear a Néstor era un placer. Antes de Gustavo Ballas, la primera persona que vi pegar retrocediendo fue precisamente Néstor. En esas peleas callejeras él siempre mantenía distancia (tenía brazos largos, que lo favorecían, claro), y cuando el otro se le venia encima daba el paso atrás y sacaba la zurda, todo en un mismo movimiento. Nunca era él quien atacaba, siempre se defendía pegando, pero pegaba siempre, hasta que ganaba de tantas piñas o cuando llegaba algún mayor a separar. A Ernesto le pegó dos o tres trompadas nomás, hasta que Ernesto, buena persona como era y poco afecto a las peleas también, paró la pelea y dijo, simplemente, "me ganaste", agarró sus cosas y se fue. Esto sucedió un viernes, y el sábado se apareció Néstor por mi casa. Me dijo: che, acompañame a lo de Ernesto, le quiero pedir disculpas, yo no quería pelear con él. Y allí fuimos, hubo un pedido de disculpas, un darse la mano, y esa tarde la pasamos los tres juntos, haciendo no sé qué gilada, como tres grandes amigos. En esa época yo no sabia cuánto me enseñaron la hidalguía de Ernesto (que supo en qué momento abandonar) y el don de gente de Néstor, que fue a pedir perdón cuando no tenía necesidad (había ganado la pelea). Hoy sé que ellos dos me enseñaron mucho, por supuesto sin proponérselo. Lo triste es que repetí el año y nunca más los vi. No sé si hubiera aprendido mucho más, pero esa lección de vida no me la olvido más.