
En mi vida adolescente he hecho muchas cosas, entre ellas trabajar en una pizzería de la avenida Mitre, en Avellaneda. Era una esquina concurrida, tenía su kiosco de diarios, un lustrador de zapatos, un levantador de quiniela y por la noche algunas chicas que, discretamente, te hacían la vida más feliz. Entre los personajes que frecuentaban esa esquina estaba Nacho. Era un personaje raro. Quienes lo conocían de años decían que vivía en una calle cercana, en un lindo barrio, solo, entre la mugre. Hacía algunos años había muerto su madre –su única familia– que lo cuidaba como a un nene. Es que Nacho era eso, un nene. Detrás de ese tipo de más de 40 años había un nene de no más de 9 o 10 años. Hiciera frío o calor, Nacho andaba siempre de sobretodo, una camisa toda sucia y un pantalón. Por la mañana venía siempre con el pelo mojado, bien peinado, su mamá le había enseñado bien a hacer eso todas las mañanas. Pero claro, a Nacho no le gustaba bañarse. Le dábamos un café con leche con medialunas y se iba. Por supuesto, no se le cobraba; a veces le dábamos una escoba para que barriera la vereda o lo mandábamos a hacer algo, o a limpiar la cuadra donde se hacían las facturas y las masas. Sólo en esos casos se sacaba el sobretodo. Nunca andaba bien afeitado, fue el precursor de la famosa barba de dos días que después utilizaron otros personajes. Sólo estaba afeitado cuando iba a la peluquería, en donde le cortaban el pelo y lo afeitaban, todo gratis, claro. Con Nacho podías hacer las mismas bromas que hacés con un nene, le podías tocar el hombro y mirar para otro lado, entonces el se reía y te decía "fuiste vos!". No, Nacho, no ves que estoy ocupado haciendo otra cosa? "No, fuiste vos", decía.
Un día descubrí por qué Nacho usaba siempre sobretodo. Mejor dicho, no lo descubrí sino que me lo dijeron. Luego pude comprobar que era cierto. Después del desayuno y de darnos una mano con algunas cosas, Nacho se iba a las paradas de los colectivos, se paraba detrás de una linda señorita, metía la mano por el bolsillo agujereado del sobretodo y se mandaba soberana paja. No sabés la concentración que ponía Nacho en tal tarea, y el movimiento era imperceptible, no se pegaba a la mina, no la tocaba, ni se daban cuenta. Él se acomodaba, tiraba un poco la pelvis para adelante, metía la mano en el bolsillo y se la zarandeaba. En esos momentos era imposible que Nacho te reconociera, te saludara o algo. Yo a veces pasaba y le pegaba un cachetazo en la cabeza, entonces se sorprendía y te miraba con odio, como diciéndote: no ves que estoy ocupado? Pero luego se reía, porque Nacho no tenía maldad, no podía enojarse.
Cierta vez, en el horario de la noche, donde todo era más relajado, se les ocurrió hacerlo debutar. Nacho era un nene de 9 años en un cuerpo de un hombre de 45. La paja se la hacía por una necesidad biológica, pero no sentía aún –y no la sentiría nunca– que tenía que enamorarse o hacer el amor con alguien. Pero para estos pelandrunes de la noche, acostumbrados a que cuando cerraba el boliche hacían pasar a las chicas a tomar una cerveza, comer unas porciones de pizza y, si cabía, hacerse tirar la goma, poco les importó el deteriorado cerebro de Nacho. Consiguieron a una de las chicas, le dijeron que tenía que debutar y que lo calentara bien, porque si no él no se iba a animar. Primero lo tuvieron que limpiar un poco, lo bañaron, lo perfumaron, le pusieron una camisa limpia. Si cabe, habría que decir que Nacho era un lindo tipo, flaco, ojos verdes, pero la cara de pajero lo mataba. De todas formas, para él era todo un juego, no sabía en qué consistía eso de debutar. Hasta que se vio encerrado en el baño con esa mujer que se le tiraba encima. Según relatos de ella misma, Nacho no atinaba a hacer nada, ni siquiera a hacerse una paja, porque lo bueno de la paja era que la chica no tenía que darse cuenta, no participar de ella, eso ya no es paja. Entonces ella comenzó a franelearlo, a tocarlo, a insinuarse, a medida que notaba que él iba cambiando de actitud y se apoderaba de él algo que ella interpretó como calentura. Pero de pronto encontró su cuello entre las manos de él, que no le dejaban pasar el aire y se estaba ahogando. Propiamente la estaba estrangulando, diría la Chona. Con la última gota de aire, la chica logró gritar. Corrieron hacia el baño y pudieron sacárselo de encima. Ella salió corriendo espantada y nunca más pisó la pizzería, ni siquiera sé si le interesó cobrar sus servicios. Nacho siguió haciendo su vida, pajeándose en las paradas, detrás de alguna linda señora o señorita. Nunca supo qué pasó esa noche. Si vos le preguntabas, sólo se reía. Un psicólogo diría que, puesto en una situación para la que no estaba preparado, reaccionó como pudo, de manera violenta. No sé dónde esta Nacho ahora, seguramente debe haber muerto, virgen aún, como el nene que era.