lunes, 9 de marzo de 2009

Moncho


Ya conté de algunos personajes de mi barrio. Pero nunca les hablé del Moncho. Vivíamos sobre la misma vereda, varias casas de por medio. El tema es que el Moncho era mayor que nosotros, no se daba con los pibes del barrio. Tenía amistades en otros lugares, andá a saber dónde, porque con nosotros sólo pintaba cuando se prendía en algún picadito, los sábados a la tarde. El hermano menor del Moncho sí era gomía. Un día, festejando el cumpleaños de mi amigo, vi bailar rocanrol al Moncho, y me marcó para siempre. Era medio gordito, cachetón, pero con una ductilidad para bailar que nunca más volví a ver. Es decir, vi bailar rocanrol de mil maneras diferentes, pero yo adopté la forma del Moncho. Tranquilo, y en cada vuelta la que se lucía era la mina. Medio parecido al tango en ese sentido. Un placer verlo bailar al Moncho. Pero la historia que quería contar no iba por ahí. Años después, ya más grandes, tuvimos más confianza. Y un día me contó su historia. El Moncho no tenía novia, es decir, cada tanto salía con alguna minita, pero ninguna le duraba, con lo que le costaba encarar. En fin, el Moncho se acostumbró a frecuentar algunos kilombos, en donde no tenía que pensar cómo encarar a una mujer. Sólo bastaba con hacer una seña y, ya en la piecita, arreglar las condiciones. Se fue acostumbrando a las putas y, aunque después ya tenía novia oficial, igual cada tanto se mandaba una visita a algún sauna. En Constitución conoció a una de estas señoras de la calle. Se hacía llamar Zulema. Era una señora alta, rubia, buenas tetas y decía que tenía una hija adolescente. Acusaba 40, pero Moncho le daba al menos 10 más. Aun así, estaba buena, y para él también habían pasado los años. Por suerte, en el camino había perdido algunos kilos, que después recuperó; pero ésa es otra historia. El tema es que, ya con mina oficial y fecha de casorio fijada, el quía ya no andaba tanto por los tugurios, y se limitó solamente a visitar a Zulema cada tanto. Pasaba por la calle Salta, Garay, alguna de ésas, si la veía le hacía una seña y caminaban hasta el telo hablando de la novia de Moncho, o de la hija de ella, o de política, o de fútbol. Las relaciones sexuales, al principio, eran como todas las que tenían cliente y prostituta. Más bien fría, un gemido aquí, otro más allá... hasta que un día el Moncho, medio en pedo después de una despedida de soltero (no la de él), le pegó a Zulema una bajadaza al pesebre que Zulema casi se ahorca con la sábana. Una cogida de ésas que Moncho nunca había tenido con una puta. Ella, profesional al fin, le dio a entender a él que había fingido. Las pelotas, pensaba Moncho, acabaste como la mejor. Moncho siguió su noviazgo camino al matrimonio pero los encuentros con Zulema nunca cesaron. Ella le cobraba medio por compromiso, incluso los últimos tiempos tenían que arreglar encuentros por teléfono porque ella ya había dejado la calle. A veces, de costumbre, caminaba por Salta y Garay, siempre algún gil picaba y ella se hacía una moneda más. Por ahí caía Moncho y además de ganarse un mango la pasaba bien. Un día Moncho, pocos días antes de casarse, quería aprovechar ver a Zulema para cuando viniera la veda del matrimonio. Y no la encontró. Y se le cruzó una paraguaya con un culo hermoso y unas piernas divinas. Viejita como le gustaban a él pero fortachona. Ma sí, se dijo, me hago un tirito con esta veterana para sacarme las ganas. Se fue al hotel de siempre, hizo lo suyo y cuando salió la encontró a Zulema parada en la puerta, como siempre, como hacía más de 40 años. A ella le brillaron los ojos, pero no lloró, no se puede decir que sea un llanto. Las mujeres como Zulema dejan de sentir tristeza o dolor muy chiquitas, tal vez en la adolescencia. El sólo atinó a decir: te busqué, dónde estabas? Con tono de reproche, ella contestó: estaba por acá, no me viste? No, no te vi, se disculpó él, casi sintiendo que era infiel. Daaaaleee, le dijo ella, con la voz entrecortada, ya mirando para otro lado y prendiendo el enésimo pucho del día. El Moncho se dio la vuelta y se fue. Años más tarde, tomando unos vinos, me dijo que nunca más pasó por la esquina de Garay y Salta. Me dijo que le daría mucha vergüenza encontrar a Zulema. A vos te parece, Peralta, te parece que le haya sido infiel a una puta? Y qué sé yo, Moncho, era tu mina y vos su macho. Lo que pasa es que nunca lo hablaron. Y sí, yo siento eso, me dijo el Moncho. Nunca hubiéramos llegado a nada –la mina ahora debe andar por los 60– pero teníamos una relación. Me parece que le falté el respeto, y nunca lo pude arreglar. Vamos ahora, Moncho, medio en pedo como estás le pedís disculpas si la encontramos. Qué sé yo, te parece? Y allá fuimos. Y ahí estaba Zulema, paradita en la esquina de siempre, mucho más vieja y deteriorada. Tanto que el Moncho no se animó a encararla. Zulema no nos vio, los autos pasaban y le tocaban bocina. Ella no los miraba. Si no fuera que me parece imposible, juraría que lo estaba esperando al Moncho.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

un romantico el moncho...

Anónimo dijo...

Pobres los dos!

E.A. dijo...

tristísima historia