miércoles, 24 de agosto de 2011

La ventaja del escrúpulo

Días pasados vi, nuevamente, esa linda película que es "Gracias por el fuego", basada de la novela de Mario Benedetti. Me enamoró nuevamente Bárbara Mujica y me hizo buscar en la novela aquella conversación con Ramón Budiño. Es uno de los textos más maravillosos que se puedan leer sobre la vida, los deseos, los escrúpulos y la muerte. Lean, desasnensén burros. Al costado, una fotito de esa belleza que se nos fue tan joven

* * *

"Ella también está floja, a mi lado. Pero vive, gloriosamente vive. Sólo que está dormida. Ahora sí que me parece indefensa. Ha arrollado las piernas como una chiwuilina y, quién iba a imaginarlo, respira con la boca abierta. ¿Por qué será que me conmueve tanto? Su desnudez no es espléndida, pero esos senos pequeños, de adolescente, me producen vértigo. Y todas esas manchitas, abundantes pero no tan nutridas como pecas, que tiene en la cintura, y el sexo casi rubio, y las rodillas infantiles y los hombro tan tersos. Todavía no puedo creerlo. 'Porque te tengo y no'. Sin embargo, sigue siendo cierto. No la tengo, claro. Le pertenezco, pero ella no. Después de la tarde de la Goleta, no le hablé nunca más sobre ella y sobre mí. Fue ella la que habló. La encontré ayer, sólo ayer, feliz ayer. San José y Yaguarón. La traje hasta su casa, como siempre por la Rambla. Lo estuve pensando, dijo, noches y noches. Yo no dije nada, no quería hacerme ilusiones. Sé que estás sufriendo, dijo. Tampoco contesté. Ramón, dijo. De pronto pensé que iba a acontecer algo inesperado, una de esas estupendas noticias que infructuosamente me anuncian desde hace años todos los horóscopos, y no pude evitar hacerme ilusiones. Ramón, repitió, voy a acostarme contigo. Aun antes de admitir que el cielo se estaba abriendo, le agradecí mentalmente que no hubiera dicho: Vamos a hacer el amor, sino: Voy a acostarme contigo. Tuve que aminorar la marcha del coche y, antes de Larrañaga, arrimé el auto al cordón. Las manos me temblaban. Noté que me había olvidado de cómo tragar la saliva. Lo decidí esta mañana, siguió ella; es muy extraño lo que siento por vos; no sé si te quiero; es tan distinto de lo que siento por Hugo; es algo mucho más sereno, más tranquilo, también más agradable; quizá sea la seguridad de que me comprendés, de que sos bueno; no estoy proponiendo que seamos amantes en forma más o menos permanente; no puedo engañarlo así a Hugo; te propongo sencillamente que nos acostemos una sola vez; yo sé que es importante para vos y te aseguro que está siendo importante para mí; estás enamorado y sufrís; yo no estoy enamorada, todavía no al menos, pero también sufro; no puedo verte desgraciado, Ramón; quiero que tengas un recuerdo creado por mí, algo a que puedas asirte; me resulta insoportable que hayas perdido a tu madre, que odies a tu padre, que te sientas lejos de Gustavo, que no puedas comunicarte con Susana y que de vez en cuando sueñes conmigo; creo que tenés derecho a sentirte, una vez por lo menos, al día con tus emociones, con tu vida; creo que tenés el derecho de sentirte pleno; te confieso que para mí ha sido toda una crisis; pero de pronto vi claro, vi que la muerte se está vengando de nuestras vacilaciones; nuestra vida se compone de tres etapas; vacilar, vacilar y morir; la muerte, en cambio, no vacila frente a nosotros; nos mata y se acabó; y el gran espía, la formidable quinta columna que ha instalado la muerte en nosotros, se llama el escrúpulo; ya sé, yo tengo escrúpulos; vos también, entendeme que no estoy contra el escrúpulo; pero es la quinta columna de la muerte; porque gracias al escrúpulo, vacilamos, y se nos pasa el tiempo de gozar, de gozar ese minuto feliz que, como gracia especial, fue incluido en nuestro programa; nos pasamos toda la vida soñando con deseos incumplidos, recordando cicatrices, construyendo artificial y mentirosamente lo que pudimos haber sido; constantemente nos estamos frenando, conteniendo, constantemente estamos engañando y engañándonos; cada vez somos menos verdaderos, más hipócritas; cada vez tenemos más vergüenza de nuestra verdad; por qué entonces no puedo hacer posible tu minuto feliz; además tengo curiosidad, lo reconozco, por saber si no podrá ser también mi propio minuto feliz; a lo mejor es el de ambos; quiero decir que no tenemos que darle ventajas a la muerte, porque ella no nos hace la mínima concesión; después de que estés muerto y yo muerta, ya no habrá posible retroceso, no será posible volver a este instante en que vos me deseás desesperadamente y yo soy todavía dueña de mi decisión; esta mañana, cuando llegué a este planteo, no pude menos que reírme; ¿Cómo podemos ser tan torpes que hasta ahora le hayamos estado ofreciendo a la muerte esta ventaja gratuita del escrúpulo?"

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡QUE HERMOSO! ME SENTI MUY IDENTIFICADA...