Me da vergúenza admitirlo. Nos comimos cinco pepas de ese equipo extranjero que juega la Liga Española, el Barcelona que le dicen. Un equipo con lindo andar y hasta buen fútbol, pero mi corazón está en el mejor club del mundo, quién si no. Acaso Peralta puede ser hincha de otro equipo? Me comí los cinco pirulines sin chistar, y puteando por lo bajo a ese portugués maricón, Cristiano Ronaldo, que deshonra la camiseta número "7", la que perteneció durante años al mejor delantero del Madrid después de la Saeta Rubia, Alfredo Di Stéfano. Me estoy refiriendo al gran Raúl, el único jugador de fútbol de verdad que ha dado ese país al que le faltaban dentistas; mal puede estar superpoblado de jugadores. Pero Raúl no es español, es de otro planeta. Y en Madrid se lo extraña. Ronaldo, andá a la puta que te parió. Gastate un minuto y mirá definir a un jugador de verdad, sin piruetas, sin boludeces para la tribuna. Simplemente fútbol. Hoy en el Schalke 04
martes, 30 de noviembre de 2010
miércoles, 24 de noviembre de 2010
En qué quedamos?


Este pasquín inmundo que es Clarín desde siempre, y no desde que se pelea con el kirchnerismo, no hace más que mostrar su peor cara, la misma que tuvo siempre. Porque no es de ahora que Clarín no permite la organización gremial interna, no es de ahora que miente, no es de ahora que comete tropelías. En fin... para qué abundar. Pero resulta que volvió a pegarle a Moreno con una tapa terrible, pues en teoría había agredido a un diplomático y lo había amenazado con medidas económicas por parte de la Argentina. La embajada de Brasil en la Argentina se apresuró a desmentir ese hecho y dijo que nunca existio agresión ni amenaza. Qué hizo el gran diario? Oooooleeeeeeeee!! Corrió el cuerpo y le echó la culpa a su amigo diario brasileño de donde surgió la información primera. En el colmo, la nota firmada por la otrora creíble Eleonora Gossman dice que la embajada de Brasil "nunca desmintió a Clarín". Nadie les pide que hagan autocrítica. Alcanza con que no publiquen mentiras. Bah, no sé para qué gasto pólvora en chimangos...
martes, 23 de noviembre de 2010
En Sobá son una manga de putos
Desde hace un tiempo participo como miembro pleno del Sindicato de Bloguers Anónimos (SOBÁ), un grupo de mal cogidos con algunas buenas ideas acerca de la vida y aledaños. Desde que entré, como macho cabrío que soy, reclamo la integración de alguna minusa al grupo. Siempre se negaron. Que no, que te arman kilombo, que es al pedo, que hablan un montón, que si viene alguna tiene que estar buena (como si a alguno de ellos le diera bola alguna mina, son inmirables todos, claro, menos un servidor), en fin, nunca una compañera en Sobá. Después comenzaron a hacer cenas, las primeras más o menos duraban hasta las 2 o 3 de la mañana, algo medio putín pero normal teniendo en cuenta los personajes. Incluso llegamos a hacer alguna lenteja en la casa de Papipo, y hasta ofrecí mi casa para el mejor asado que haya comido Sobá. Y resulta que ahora se les da por juntarse a comer a las 21!!!!!! Síiiiiiiiiiii!!!! 9 de la noche que le dicen. Lo peor de todo es que, enterados de mi imposibilidad de llegar a tal horario, en el que uno sólo puede tomar unos mates después del último polvo de la tarde, los tipos se cagan en mis reparos y le dan para adelante igual. Renuncio formalmente a un sindicato de homosexuales ya ni siquiera reprimidos, una junta de viejos con problemas de próstata tomadores de Viagra buenos para nada
martes, 19 de octubre de 2010
Viejo
Un día como hoy, hace un montón de años, mi viejo me dejaba a cargo de todo. Decidió morirse así sin avisar y transformar el 19 de octubre en el día más difícil de mi vida. No sabía en ese momento que tantos años después todavía lo iba a extrañar, y que seguramente lo haré hasta que el día que me toque irme de este mundo. ¿Cómo pelear contra algo tan inevitable y poderoso como la muerte? Mi viejo decidió no pelear, ya había peleado bastante. Creció en un hogar tan humilde que para poder comer tenía que cazar, pescar o, en el peor de los casos, robar alguna gallina o carnear algún cordero ajeno. Mi viejo siempre contaba que él pudo engordar unos kilos cuando hizo el servicio militar, encima le tocó la Marina. Dos años se comió adentro y el agua la vio más en la canilla que en el mar. Mi viejo fue testigo de las cosas importantes de este país, participó del 17 de octubre, fue al velorio de Evita, lo cagaron a tiros en el bombardeo a Plaza de Mayo y fue a poner el cuerpo contra el golpe gorila del 55. La vida por Perón. No era para menos. En esa época él pasó de ser un campesino a obrero calificado de la General Electric, y pudo pensar en casarse, tener hijos y hasta llegó a tener el sueño de la casa propia, sueño que nunca concretó gracias a las dictaduras y a los gobiernos radicales que poco hicieron por los trabajadores. Mi viejo fue delegado sindical y participó de algunas de las huelgas de la resistencia peronista, su foto en mameluco participando de una protesta obrera, publicada en la tapa de la revista Así, se perdió entre los recuerdos familiares. No, había peleado bastante, ¿para qué seguir peleando? Porque valía la pena, boludo. De mi viejo aprendí que uno puede hacer muchas cagadas pero nunca traicionar a sus compañeros. Pero decidió retirarse antes de la vida, dejó de ir a ver a Boca después del desastre de la puerta 12 y, a pesar de ser joven aun, no fue a recibir al Pocho a Ezeiza ni lo fue a ver a Gaspar Campos ni fue a las concentraciones a Plaza de Mayo. Lloró cuando el Viejo murió y, ante mi esperanza de que vendría cierta época de tranquilidad, me preanunció lo que sucedería tras el golpe del 76: vos no sabés lo que son estos milicos, son lo peor que hay, con estos vamos a estar peor que nunca. En fin, mi viejo me dejó muchas cosas, pero por sobre todas las cosas, me dejó. Si en Lost tienen razón y existe algún lugar donde las almas se encuentran, mi viejo se enterará lo que fue de mi vida. Si no, se lo habrá perdido y nunca sabrá que hubiera cambiado todo lo bueno que me pasó en la vida por verlo jugar cinco minutos con mis hijos, sus nietos.
sábado, 2 de octubre de 2010
María y José
La hora no era exacta, pero el gallo solía cantar entre las 5 y las 5.30 de la mañana. Cuando María lo escuchó, se levantó abruptamente de la cama y, ya incorporada –sin saber por qué extraño cosquilleo–, miró por la ventana y no vio nada, claro. Los perros comenzaban a ladrar, despiertos también por el cacareo del dueño y señor del gallinero. María se calzó las alpargatas, se ató el pelo y salió de la habitación. En el campo no existe el remoloneo ni el "ya voy, ma". Había que sacar varios baldes del aljibe y poner varias calderas (hoy conocidas como pavas) en el fuego para el mate. El fueguito quedaba medio prendido de la noche anterior, había que agregarle unas ramitas y atizarlo para que volviera a prender y a calentar. A lo lejos se escuchaban las primeras toses de los peones, que pronto caerían a buscar las calderas para el primer mate de la mañana. ¿El que tosía sería José? Siempre es el primero, sonrió para sí María. Ella sabía por qué José se levantaba antes. Era sólo para poder verla a solas, unos minutos. No existía entre ellos más que una relación platónica, llena de gestos, miradas y roces. Una sola vez, cerca del aljibe, él se animó a hablarle.-Señorita, unos minutos, quisiera decirle -dijo, él, con el corazón a punto de asomarle por la boca.
-Eh... ahora no puedo, José, no es momento...
-Pero es que, señorita, usted sabe...
-Sí, yo sé, yo sé... sé que soy mayor que usted... 10 años, y además soy la hija del patrón, José
-Pero yo la quiero bien, María...
A María los ojos se le llenaron de lágrimas y salió corriendo hacia la casa.
* * *
En Buenos Aires, esa mañana, Ana se levantó a las 7, como de costumbre. Fue hacia el baño y se miró al espejo. En la cabeza tenía un nido de pájaros. Ay, qué desastre, cómo hago para dormir y despeinarme tanto? Era el único defecto que podía encontrarse a esa hora, tenía 17 años y la piel de porcelana. Se puso el uniforme y bajó a la cocina a ayudar a preparar el desayuno. No estaba obligada, ella sólo era la niñera de la casa, pero le gustaba compartir con la mucama ese ratito de la mañana. Al fin y al cabo, había sido de mucha ayuda, la mucama, cuando ella llegó a esa casa tan linda, ubicada vaya a saber en qué lugar que ni siquiera sabía que existía, y se largó a llorar sobre la cama. La mucama, Mabel, la consoló, le contó de su propia experiencia y de cómo dejar el pueblo y la familia, y que esa tristeza apenas sería un mal recuerdo.
Para Ana el día transcurrió como todos los demás, hasta que a la tarde un llamado de teléfono cambió su vida, o la marcó para siempre.
* * *
Al mediodía, reunidos todos los peones, a María le extrañó no ver a José. Habrá tenido algo que hacer en el pueblo, pensó. En un pueblito rural de la provincia de Buenos Aires no es difícil enterarse de las cosas, así que distraídamente, casi al pasar, le preguntó a uno de los peones si lo había visto.
-No sé, al pueblo no fue -le contestó-. Yo fui a buscar algunas cosas en el carro y vi el caballo de él por allá cerca de la alambrada, abajo de un árbol. José estaría descansando, porque el caballo estaba ensillado. Raro.
María se preocupó, quién sabe por qué. Era raro, sí, que José se tirara a descansar en cualquier momento, y mucho menos que dejara ensillado el caballo. Además, qué haría descansando tan temprano? Habrá dormido mal?
La respuesta llegó después de la siesta, cuando el grito de una de las sirvientas la despertó. Otro peón había encontrado a José colgando de un árbol. Había llegado hasta allí a caballo, ató la soga y se la pasó por el cuello, después espueleó y el pingo, arisco como era, salió corriendo. A los cien metros, desorientado, paró. En el árbol quedó José, enamorado y muerto.
* * *
A Ana le avisaron que el hermano se había fallecido (así sin anestesia) y que tenía que ir a reconocer el cadáver a ese pueblo que ella ni había oído nombrar. Alguien la acompañó a tomar un colectivo, a la noche, para viajar. Llegaría a primera hora de la mañana y de allí un peón la acompañaría hasta la comisaría. Un agente la llevó al hospital en cuya morgue estaba José. No había parado de llorar desde que salió de Buenos Aires, y cuando vio a su hermano de 24 años tan frío, tan inmóvil, se desmayó. Una vez repuesta reconoció el cadáver e hizo todos los arreglos para el traslado y entierro. Fue llevada hasta la estancia donde José decidió quitarse la vida, fue hasta su camastro y revisó el cajón donde guardaba sus cosas. Encontró una carta y un recibo del correo. En el recibo constaba que el día anterior había hecho un giro a Entre Ríos, como todos los meses. José cobraba, se quedaba con lo mínimo para pasar el mes y mandaba todo a su mamá, en otro pueblo pobre de Entre Ríos. Eran 15 hermanos y había que parar la olla. Ana hacía lo mismo con su sueldo de niñera. En la carta se despedía de su madre y decía escuetamente: "Nadie tiene la culpa".
* * *
Un peón la acompañó hasta la casa. María estaba de negro, en el comedor. No estaba llorando. No estaba haciendo nada. No estaba viviendo, apenas respiraba. Ana la abrazó y juntas lloraron, cuando se separaron la miró a los ojos y no vio nada, María estaba vacía, fue una sensación horrible. María dio unos pasos hacia el aparador y agarró un frasco de vidrio. Estaba lleno de caramelos.
-Estos me los traía él –dijo María abrazando el frasco–. Todos los días.
Y se sentó otra vez, mirando la nada, con el frasco de caramelos.
* * *
Pasaron más de 60 años de aquellos hechos. A María no la conocí, José tenía 24 años y era mi tío, aunque, claro, yo todavía no existía. Ana, mi mamá, todavía extraña a su hermano. No puede encontrar consuelo ni explicación, tantos años después; aunque ella sabe, como sabemos todos, que morir de amor es la única locura perdonable.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Enfermos

Me están hinchando los huevos todos estos tipos, como los de 6-7-8, que salen horrorizados a denunciar las bajezas que escribieron personajes tales como Joaquín Morales Solá, Carlos Pagni y Eduardo van der Kooy. ¿Qué esperaban? ¿Que vayan a visitar a Kirchner al sanatorio y le lleven flores a Cristina? ¿Cuántas veces hemos jodido con la salud ajena? ¿O acaso nadie le deseó la muerte a Videla, Astiz, Camps, etcétera? Conozco gente que brindó cuando se murió helicopterizado Carlitos Menem Jr. Entonces, no jodamos, mirá si Morales Solá –cómplice de la dictadura– se va a hacer problema por desearle la muerte a Kirchner. Ese tipo no tiene dramas de ninguna naturaleza. Así que, muchachos, basta de hipocresía y deseemos el mal a toda la gente que odiamos, para eso está el mundo. Para buenos están los curas católicos, que de tan bonachones cada tanto agrandan alguna arandela de carne. Porque al fin de cuentas, enfermos, lo que se dice enfermos, estamos todos.
domingo, 5 de septiembre de 2010
El escritor fantasma

Este fin de semana se me dio por ver un thriller político. Una vuelta a los filmes de Roman Polanski después de mucho tiempo. No es un director que siga particularmente, y lo poco que he visto, no me ha gustado nada. Pero le di una chance a esta película, había alguna buena crítica y, en fin, me entretuvo un rato más que largo. Un poquito larga la película para ver al amigo Jamebond hacer siempre lo mismo. Lindo tipo pero es peor actor que Riki Maravilla. Ewan McGregor cumple, está bien. En definitiva, la película está bien llevada, al viejo estilo del maestro Hitchcok, pero le faltan cinco para el peso, se queda a mitad de camino el amigo Polanski. Bue, párrafo aparte para el verdadero motivo del post: Kim Catrall. Qué-buena-que-estáaaaaaaaaaaaaaa. Definitivamente la veterana está para partirla en quinientas piezas. Pero (siempre hay un pero) que-mal-actúaaaaaaaaaaaaaa. Qué reverenda hija de puta!!! Hacia el final de la película, tiene que hacer una escena en la cual se acuerda de su amante muerto y tiene que llorar. No se lo cree ni ella. Sólo atina a arrugar la cara. Menos mal que en la escena llueve, entonces ella aparece un poco mojada. Qué pedazo de bodoque, por Dios. Yo creo que podría haber hecho el mismo papel sin hablar. Mal Polanski. Yo le habría dado el mismo papel, con un poquito más de primeros planos al culo y las tetas, y una encamada con Jamebond; con eso bastaba, sin hablar una palabra. Pero la hicieron actuar y la cagaron, pobre Catrall. O sea: la única actriz de Sex and the City terminó siendo la flaca esa que no vale una escupida, cómo se llama? Bue, no importa, no calienta ni a un preso. En fin, con esto vuelvo a la crítica cinematográfica, claramente mi fuerte. Hasta más ver
Suscribirse a:
Entradas (Atom)