
Los hombres somos seres más bien simples, muchas veces primitivos, que la sabiduria femenina define con pocas palabras: "los hombres sólo quieren ponerla". Esta definición general se aplica a todo hombre que se precie, y nos diferencian apenas algunos matices, que tienen que ver sobre todo con la estrategia para conseguir el fin último que rige nuestras vidas. (Para más información leer a Alejandro Dolina.)
En cambio las mujeres tienen varias categorías. Y quiero referirme aquí, hoy, a sólo dos de ellas: las histéricas y las querendonas. Motiva este post una historia que me contaron de un pueblo de la provincia de Buenos Aires.
En ese pueblo, una chica de unos 30 años está preocupada porque descubrió que su madre (seguro más de 60) fue toda su vida infiel a quien ella y sus hermanos consideran "el papá". Resulta que este buen hombre vivía en el campo de lunes a viernes, y sólo aportaba por el rancho familiar los fines de semana. Pero resulta que de lunes a viernes la doña metía tipos por la ventana de la casa. (Vale aclarar, para quienes no conocen, que en el interior todavía las rejas en ventanas y puertas son una rareza.) Los tipos, una vez consumado el acto con la doña querendona, salían por el mismo lugar que entraban, es decir, la ventana. Esta chica, hoy de 30 años, recuerda que esta situación se daba desde que ella era muy pequeña. Lo impresionante del caso es que esto sigue ocurriendo aun hoy. Un caso la querendona sesentona.
Pero para que vean lo que son las minas. De los muchos hermanos, casi todas las mujeres quieren hacerse el ADN para ver quién es el padre, a los varones les da lo mismo. Ellos creen que su padre es ese que llaman papá, y están de acuerdo en que siga así. Ellas no, quieren saber más, no se conforman. Pero ésa es otra historia. Lo que quería resaltar de este hecho es a la doña querendona, una valiente que en ese pueblo tan pequeño debe estar marcada como la más puta entre las putas. No la conozco, pero ya la admiro. La mina atiende los tipos por la ventana, los despacha por el mismo lugar y se caga soberanamente en el qué dirán.
En mi barrio había otra querendona. Una señora con marido y dos hijos ya grandes, jóvenes de más de 20 años, que andaban de rateritos por el barrio. La señora solía limpiar por horas en algunas casas, y si te tenía a mano te mandaba una soplada de caño o lo que le pidieras. Y no distinguía entre jóvenes o viejos, eh; si estaba el señor de la casa o el pibe que venía de jugar al fóbal, daba lo mismo para ella. Pero un día se enamoró, pobrecita. Y no del marido, claro. Entonces se llevó a su amante a vivir con ella, el marido y los dos hijos. El amante dormía con ellos en el dormitorio matrimonial. Por lo general cogían a la mañana, pero si se daba la ocasión y el marido se dormía temprano, él se pasaba de cama, y así de costadito, sin moverse demasiado, se mandaban un tirito. La querendona 2, de allá de mi barrio, no era linda, para nada; pero era querible. Y sí, querendona.
En el otro extremo se ubican el terror de los hombres: las histéricas. Los tipos solemos ver este tipo de especímenes en cada material femenino que se nos cruza. Y, por supuesto, cualquier caída de ojos, cualquier sonrisa, nos pone a punto para caer en sus redes. "Ay, no, qué entendiste? cualquiera!!! estoy casada hace 10 años, y estoy muy bien, me caés bien pero nada más".
La ductilidad femenina hace que una misma mina pueda pasar por las dos etapas con años o apenas meses de diferencia. Algunas teorías sostienen que la mujer es naturalmente histérica y que sólo pasa a otros estadios una vez que le rompieron bien el orto. Yo no adhiero a esa teoría. Pero no la combato.
La verdad, y aquí el inicio de la polémica, hoy en mi vida, entre unas y otras me quedo con las histéricas. Cuando uno es joven y con tal de ponerla le da lo mismo un hormiguero que el culo de mi tía Francisca, las querendonas son necesarias. Tienen que estar, si no moriríamos de calentura.
Pero con los años vas aprendiendo (y sobre todo cuando la erección en lugar de una hora te dura 15 minutos) que las histéricas tienen un plus. Les gusta jugar. Juegan con vos como el gato con el ratón, te envuelven, te seducen, te manejan. Pero como eso no es fácil de lograr, tienen que apelar a su dulzura, su encanto, su simpatía, cuando no directamente a sus atributos físicos para tenerte calentito. Y yo, muchachos, hoy en día prefiero que una mujer me sonría antes que me diga, con voz de Adriana Varela, "sacala que te la chupo".